VIVIR SIN
DEBER
(La historia de
Horacio)
No concibo otra
definición de
adulto
que esta: es adulto
aquel que,
cualquiera sea su
edad, ha perdido a
alguien.
MICHEL TOURNIER
Sólo hay
dos motivos que
justifican que alguien
comience un análisis. Uno de ellos es
la angustia. Ese
más allá del dolor
que invade el ánimo
y se siente
como un desgarro lacerante en
todo el cuerpo. Dos son
las formas que puede tomar
la angustia. La primera de
ellas es la que
llamamos angustia
automática y que
deviene en
una explosión,
una descarga
de la ansiedad
acumulada bajo la forma, por ejemplo, de un ataque de
llanto o de
ira. En esas ocasiones,
pareciera como si de pronto las barreras de contención hubieran
caído y un aluvión
mudo e insensato nos llevara
por delante. La otra
forma es la que denominamos angustia señal, y alude
a un quantum
mucho menor,
más tolerable,
pero permanente y
que se sostiene a lo largo del tiempo. Esta actúa
como un mecanismo de defensa
y se da, por ejemplo, en
ocasiones en las que tememos una mala noticia. Entonces, el
aparato
psíquico moviliza esa
cantidad reducida de angustia para que nos
preparemos ante la posibilidad de un
acontecimiento doloroso.
En
la angustia automática
prevalece el imprevisto, en la angustia señal,
el intento de anticipar el
dolor y evitar que se convierta en padecimiento.
El otro motivo por el cual alguien reclamaría un
lugar dentro del encuadre
analítico es la existencia
de una pregunta que se
vuelve tan importante para el
sujeto que
lo impulsa
a la búsqueda
de
su verdad.
De todos modos,
cuando un paciente llega a análisis no siempre puede formular
esa pregunta o entender el motivo de su angustia
con claridad. Por el contrario,
la enmascara y,
generalmente, trae consigo sus síntomas. Pero
¿qué es un
síntoma?
Antes que
nada, un
síntoma
es una respuesta
equivocada. Es el
resultado de un modo
patológico de defenderse ante algo
que podría generar un dolor que el sujeto, inconscientemente, juzga como intolerable.
Por eso, los
analistas no somos partidarios de suprimir los síntomas porque
sí, ya que sabemos que están
allí para cumplir una función y que de
lo que
se trata es
de resolver
el motivo que
los generó. Si simplemente nos
limitáramos a suprimirlos
podríamos, aunque parezca
extraño, generar un
mal mayor pues no
sabemos hacia dónde sería derivada toda
la tensión psíquica
que se concentraba en el síntoma.
En el caso de Horacio, fue esa angustia señal
constante
lo que
motivó su consulta,
aunque prontamente empezó
a desplegar su
sintomatología.
Al momento de iniciar su tratamiento tenía
treinta y cinco años. Llegó vestido con un traje
azul, camisa celeste desabrochada en
el último botón y una
corbata oscura
que llevaba
algo baja. Tenía
una barba apenas
crecida, de dos o tres
días, pero descuidada y daba
la impresión de estar
agotado, como si llevara un tiempo sin dormir.
—Hace rato
que me pasaron su
teléfono, pero recién ahora
me animé a llamarlo.
—¿Y por qué
quería
hablar conmigo?
—Porque no me
estoy sintiendo bien. Por eso decidí retomar terapia.
—Ah, ¿ya hizo
análisis
antes?
—Sí, alguna vez.
Habla con reticencia.
Va
soltando sus palabras
con dificultad,
razón por la
cual, al estar en
una primera entrevista, me veo
en la
obligación de
intervenir de un
modo activo.
—¿Y por qué dejó? Suspira.
—Porque ya no
tenía
ganas de ir.
Todo bien con Analía, mi
última terapeuta; me ayudó muchísimo,
pero me cansé y no fui más. Pobre.
—Pobre ¿por qué?
—Porque ni siquiera
le
avisé que iba
a dejar de ir.
Simplemente
desaparecí.
La frase es
fuerte. Pero hace apenas unos
pocos
minutos que estamos
hablando y no
considero que sea el momento
de poner sus dichos a
trabajar. Me interesa más ir generando
un vínculo y ver cuál
es el motivo
de consulta.
Por lo general, ese motivo consciente no siempre recorre
el análisis, pero es
importante
constatar qué idea
tiene el paciente acerca de
lo que le está pasando.
De modo que prefiero dejar
que Horacio despliegue libremente lo que
tenga ganas de decir.
—Bueno,
Horacio, usted dirá.
—¿Por dónde empiezo? —Por donde quiera.
Asiente y se
queda
pensando unos
segundos.
—Bueno, a ver.
Soy soltero,
tengo treinta y
cinco años y soy
dueño de un estudio contable.
—¿Es contador?
—No, no soy
contador.
Hice la carrera
de ciencias económicas pero dejé cuando
me faltaban pocas materias.
—¿Y cómo hace,
entonces?
—¿Con qué?
—Con el estudio. Menea la cabeza.
—Tengo un socio.
Un
muchacho que conocí
en la facultad y con
el cual nos hicimos amigos.
Es un buen tipo, aunque
no sabe
demasiado; pero tiene
matrícula —sonríe—. Así que somos la
sociedad perfecta: yo trabajo y él firma.
—¿Y ese
tema le
preocupa?
—No, para nada.
Vuelve a callar.
—¿Y qué es
lo que lo
llevó a tomar
la decisión de
consultar ahora?
Hace un gesto
de contrariedad.
—Y¼, me mandé
una macana.
—¿Qué tipo de macana?
—Con Lucrecia.
—¿Quién es Lucrecia? Lo noto inquieto.
—Mi novia; es
decir, mi
ex novia.
—¿Se pelearon? Duda.
—Supongo que sí, e
imagino que debe odiarme.
—¿Por qué piensa
que ella está tan
enojada con
usted?
Mueve sus
manos como
diciendo que es
algo inevitable.
—Y¼, ¿cómo se
sentiría usted si su pareja lo
hubiera dejado en la
puerta del Civil, con los
invitados y el
arroz sin siquiera avisarle
que no
iba a ir?
Silencio.
—¿Usted hizo eso? Asiente.
—¿Y por qué?
—Me asusté.
—¿Y cuál fue
el motivo
de su miedo?
Respira profundamente antes de responder.
—Yo la quería mucho. Es más, todavía
la quiero. Pero me vi
casado, teniendo un hogar, hijos
y dije: «esto
no es para mí,
no voy a
poder». Hasta me había
vestido para
la ocasión,
pero no fui.
Me
puse a pensar.
Mi cabeza era una licuadora
que no paraba nunca.
—¿Y luego?
—Dejé pasar las
horas
hasta que me
animé y la llamé.
—¿Y ella qué le dijo?
—Nada, porque nunca me
atendió. Más tarde,
el
hermano se comunicó
conmigo para
decirme que si
volvía a verla o si tan siquiera intentaba
contactarla de algún modo, me iba
a matar a trompadas —agacha
la cabeza—. Me lo
hubiera merecido.
Puedo
percibir su culpa. La actitud que
tuvo no es algo de lo cual se jacte, ni siquiera que lamente, sino
que lo ha llevado a
una angustia tan
grande que le
cuesta soportar.
Dedicamos todo el tiempo de aquella
primera entrevista a ese tema.
Me contó que
había conocido a Lucrecia
en una fiesta hacía cuatro
años. Habló muy bien
de ella y admitió estar aún
enamorado. Necesitaba contar lo ocurrido
y me pareció
pertinente dejar
que lo hiciera.
Las palabras horadan
la angustia, y por
esa razón es tan importante que
el paciente pueda hablar de los temas que lo acongojan. Hay
que ayudarlo a «desgastar»
la emoción para evitar
que aquello que no
puede simbolizar le genere
algo pernicioso.
Pero como
sospechaba
una estructura obsesiva grave, no quise
que ese hecho
se instalara
como el único, porque Horacio
podría quedar atrapado y dando
vueltas sobre esa cuestión sin abordar otros temas. Por
ese motivo,
en nuestro segundo
encuentro, le propuse
que hablara de otra cosa.
—Cuénteme, Horacio,
¿cómo es su
familia?
Pausa.
—Mi familia es
mi viejo.
Mi mamá murió
en el parto, así que
no tuvo tiempo
ni de darme un abrazo
—se conmueve—.
Pero, bueno, dicen que Dios
aprieta pero no ahorca.
—¿Y qué quiere decir con
eso?
—Que por suerte
estuvieron mi tía y
mi abuela
para encargarse de
mí. Fue como una compensación. Perdí una
madre pero gané dos. Pero,
por sobre todo, estuvo mi viejo.
Lo nombra y
su voz se quiebra.
Está visiblemente emocionado y,
por eso mismo, decido avanzar en esa dirección.
—¿Quiere
hablarme de
él?
Se seca unas lágrimas con
la mano.
—Mi viejo fue increíble.
—¿Por qué lo dice?
—Por todo. A veces miro
los boletines o
los cuadernos de la primaria
y en todos
están su firma, s us
correcciones, sus dibujos. ¿Sabe?, él
jamás dejó de venir a
un acto. Además,
trabajaba mucho,
pero aun
así, se hacía
el tiempo para llevarme a la
plaza o hacer los deberes conmigo.
Y no recuerdo una sola noche en la que no
me durmiera con un
cuento. La
verdad es que no
sé
cómo hizo para
estar en todo.
Habla de su padre con un profundo orgullo,
pero también con tristeza,
y me
pregunto si
ese sentimiento
no vendrá de
otro lado, ya que todo
lo que ha
dicho acerca de él
es muy emotivo pero no triste.
—¿Y qué sabe
de su
madre?
—No mucho.
—¿Alguna vez
vio una
foto de ella?
—Sí, varias. Tengo
una, incluso, en la
que está
embarazada de
mí —se
detiene—, el único
momento en el que estuvimos juntos.
Lo dice con
una enorme pesadumbre.
—Dicen que era
una buena mina —continúa—. Hubiera
sido lindo conocerla.
Pausa.
—¿En qué se
quedó
pensando?
—En mi papá
y lo difícil
que debe
de haber sido
para
un hombre quedarse solo, con un bebé.
—Bueno, no tan
solo. Usted dijo
que también estaban
su tía y
su abuela,
¿no?
Horacio
había hablado de una cierta
compensación, del hecho de haber
perdido una madre pero haber ganado dos. Y eso
no era cierto.
Seguramente para
defenderse
de la angustia
de la pérdida armó en
su pensamiento este esquema, pero
era necesario que admitiera el tamaño de la pérdida ya
que sólo puede duelarse lo
perdido. De allí que mi
intervención buscara que él mismo
pusiera en palabras esta falacia.
Lo hizo inmediatamente.
—Sí, pero no
es lo
mismo.
Asiento.
—Horacio, su padre
era
un hombre viudo,
joven. ¿Nunca volvió a
formar
pareja?
Se sonríe.
—¿Qué le causa gracia?
—¿Usted cree en ese mito
de que las mujeres se derriten por un
viudo joven con un
hijo?
—Yo no
creo nada. Es
sólo una
pregunta.
Se toma unos segundos.
—No. Y no
recuerdo que
haya habido nadie
en especial.
Ojo, no soy
tonto y tengo claro
que a veces
salía con
mujeres, pero nunca
las trajo a casa.
Tal vez no se permitía tomarlas en serio.
—¿Y por qué haría eso? Me mira.
—Por mí, para que
nadie
nos separara.
Le devuelvo la mirada sin hacer ni un
solo gesto.
Trabajamos durante
algunos meses. Horacio
era un hombre inteligente
pero a veces una enorme
sensación de culpa lo
invadía y lo
obnubilaba. Cuando
atravesaba esos
procesos
parecía deteriorarse. Su aspecto era
el de alguien mucho más grande,
abatido y descuidado.
Una tarde tocó el timbre y al abrir
advertí que estaba borracho. Había
apoyado su hombro contra la pared, tenía la cabeza
gacha y un
notorio olor a alcohol.
Al verme intentó enderezarse pero
trastabilló. Después
quiso
entrar al consultorio,
pero no se lo permití.
—Horacio, me parece que usted no
está en condiciones de hablar.
Y para eso
viene acá, de modo
que mejor demos por terminada
la sesión
ahora mismo.
Parece
desubicado ante mi intervención. Yo me
mantengo firme pero calmo.
—De todos
modos —
agrego—, lo
que quería decirme ya me lo dijo.
Confundido,
Horacio se da la vuelta
como puede y
comienza a caminar
torpemente, pero lo
detengo. Él me mira
como no entendiendo, por eso
se lo aclaro.
—No me ha pagado usted la sesión.
Su cara
se contrae en un
gesto de disgusto.
Mete la mano en su
bolsillo no sin alguna
dificultad. Luego
cuenta el dinero y me lo da.
—Hasta la próxima
—le
digo y cierro la puerta.
Después de una
intervención tan dura
es difícil predecir
cuál será la
reacción
del paciente. La
semana siguiente, Horacio faltaría a su
sesión.
Pensé cuál sería la actitud correcta para
este momento particular y complejo
del análisis y tomé
una decisión. Esa misma noche lo llamé por teléfono.
—Hola.
Me costaba escucharlo
porque el ruido
de fondo era
muy fuerte.
Parecía provenir
de un bar.
—Buenas noches,
Horacio. Soy Gabriel Rolón.
Se hizo una pausa.
—Hoy no vino
a sesión
—continué—, y tampoco
me avisó.
Me doy cuenta
de que lo ha sorprendido
mi llamada. Titubea.
—Bueno, lo que
pasa es
que¼
—¿Qué es lo que pasa?
No me responde y decido
tomar el toro por las astas.
—Horacio, ¿en qué horario
de mañana puede
recuperar la
sesión?
—Mire, en realidad¼ — lo interrumpo.
—Sólo dígame en qué
horario. El resto
lo hablamos acá.
A disgusto
me dijo que
podía a las 20 horas.
—Perfecto. Lo espero.
Al día siguiente, según lo
acordado, llegó
puntualmente. Se lo
veía nervioso.
No podía dejar
las manos
quietas y un
gesto tenso le fruncía
el ceño. Decidí encarar el
tema sin
vueltas.
—Si yo no
lo llamaba usted no pensaba volver, ¿no?
—No.
—¿Tampoco iba a
avisarme?
Niega con la cabeza.
—¿Puedo saber por qué?
—Es que me fui muy mal
de la última
sesión —se interrumpe—, bah, eso ni
siquiera fue una sesión.
—Se equivoca
—lo
corrijo—, sí fue una sesión; y muy productiva.
Me mira
extrañado.
—Dígame, ¿siempre toma
de esa manera?
Se mueve inquieto.
Está muy incómodo con la
situación.
—Yo no quería hablar de eso.
—Se equivoca.
—No lo entiendo.
—Usted sí quería
hablar
de eso, pero
no podía, y por eso mismo, como
no se animaba a ponerlo
en palabras, me lo
mostró — pausa—. Pero no respondió a mi pregunta.
Duda.
—¿Cuál era la pregunta?
—Si siempre toma de esa
manera.
Niega.
—No, no muchas
veces.
Sólo cuando
me angustio mucho.
—¿Y por qué se angustió
esta vez?
—No lo sé.
Es evidente que
está
confundido y le cuesta pensar con claridad.
Por eso intento ayudarlo.
—¿Ocurrió algo
inesperado?
—No, nada.
—¿Está seguro?
—Sí, o al menos eso creo. En estas
situaciones en las
que todo parece empantanarse se hace necesario
apoyarse en la teoría. Está ganado por una resistencia feroz y sé que eso sólo ocurre
cuando se está
muy cerca de algo
importante. La conciencia
se
niega a
dar lugar a las
representaciones psíquicas y las sostiene
en la oscuridad del inconsciente.
Pero para enfrentar esos momentos
los analistas
hemos desarrollado un concepto técnico:
la asociación libre; y en
él me apoyo.
—Horacio, diga lo
primero que se
le venga a la mente, aunque no
le parezca
importante.
—No me viene nada; o sí, qué sé yo.
—No piense.
Simplemente hable.
—Es que no
tiene nada que ver.
—Ya le dije,
eso no importa. Dígame, ¿qué
pensó?
—Pensé que el
otro día me encontré con Malena.
—Ajá. ¿Y
quién es
Malena?
—Malena es¼ mejor
dicho, fue mi primera novia.
—Cuénteme. Asiente.
—Estaba yendo a
almorzar a casa de mi viejo y me la crucé de
casualidad. Es que sigue viviendo
en el barrio. Ella venía
caminando con su bebé
en brazos, un
nene hermoso.
Y nada más.
Eso.
—Pero ¿qué pasó
en ese
encuentro?
—Nos saludamos,
hablamos un minuto
y listo, nada más.
Pienso.
—¿Le molestó
verla con
su hijo?
—No. ¿Por qué
iba a
molestarme? Al contrario.
—¿Por qué al
contrario?
—Porque ella siempre
soñó con tener
una familia, hijos, un esposo —sonríe con afecto—. Malena
siempre fue una gran persona
y me hizo bien verla
y saber que lo
logró.
—¿Y qué es lo que logró? —Eso, cumplir su sueño.
Su gesto se ha suavizado.
Es como si el recuerdo de esa
mujer fuera
algo grato para
él.
—Habla de
ella con mucho cariño.
—Es que eso
es lo que siento.
—¿Y puedo saber por qué
terminaron?
Niega con la cabeza. —No lo sé.
Hasta aquí parece
haber
llegado con el
tema. Pero es
necesario que siga
hablando.
—¿Qué pasó después?
—¿Después de que
terminamos?
—No, después del
encuentro del otro día.
Piensa.
—Nada raro.
—Bueno, cuénteme,
aunque no sea nada raro.
—Almorcé con mi
papá. Conversamos un
rato y
después, cuando
llegué a la
oficina, empecé a
sentirme mal.
—¿Mal? ¿Puede
describirme lo que sintió?
Asiente.
—Me faltaba el aire, tenía
taquicardia y empecé
a ponerme muy nervioso. Intenté trabajar,
pero no pude.
—¿Y qué hizo, entonces?
—Salí a caminar y¼
—¿Y qué?
—Y un rato
después me
metí en un
bar esperando a que se hiciera la
hora de venir acá. Tomé un
poco —pausa —, bueno, el resto ya lo sabe.
Horacio asoció su
angustia a la
aparición de Malena. De modo
que algo debe de haber
allí que lo angustió. Por eso
insisto, para ver si puede
decir algo más
acerca de esto.
—Horacio,
¿Malena dijo o hizo
algo que usted
recuerde?
Niega con la cabeza, pero percibo que otra
vez se ha
angustiado. Noto su
confusión y siento el esfuerzo que hace
por reprimir el recuerdo de lo
acontecido. Sé que allí hay
algo, pero sé también que
no es esta
la
sesión en
que saldrá a
la luz.
Por eso me quedo en silencio.
No siempre es el pensamiento la forma
en la que aparece en
la conciencia el recuerdo de
aquello que nos aqueja. Por
el contrario, el inconsciente manifiesta una manera muy
diferente de recordar. Lo hace bajo formas
extrañas, pero
claras para un
analista. En esta
ocasión, la forma que tomó ese recuerdo reprimido para
aparecer fue un sueño.
Horacio
vino a sesión
y, extrañamente,
estaba relajado.
—Anoche tuve un
sueño
bastante cómico —me dijo.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo era?
—Le cuento. Yo
estaba
en un aeropuerto
lleno de
gente y
conversaba con un
pasajero mientras
esperábamos para embarcar. El tiempo
pasaba y no nos
llamaban.
En un momento
el hombre me dice
que ya es la hora, entonces nos acercamos al mostrador
y el empleado nos informa
que debemos esperar porque el
avión no está en condiciones todavía y que ya nos van a
llamar. Pasa
un rato
largo y vamos
a
preguntarle de nuevo y el tipo nos dice
que el vuelo
ya se fue. La gente
muestra su pasaje y se
pone como loca porque no
lo habían anunciado. Yo miro
al empleado, que se hace bien el boludo, y me
empiezo a reír. De repente
todos, al ver
que me estoy riendo comienzan a increparme. Yo trato
de
explicarles que
no tengo nada
que ver. Discutimos y cuando me
doy vuelta, veo
que el pasajero con el que yo estaba hablando ya
no está. Se
fue. Lo busco con la mirada y me doy cuenta de
que logró pasar. El hombre me mira, me sonríe y
me saluda con la
mano
mientras entra en la manga. Yo también lo saludo en tanto que los demás
siguen
puteándome. Y
ahí me
desperté.
Dejo pasar unos segundos y miro
el rostro sonriente
de Horacio.
Luego comienzo
con el trabajo de
interpretación.
—¿Qué se le
ocurre con
respecto a este sueño?
—No mucho. De
hecho, yo nunca me subí a un avión.
—¿Ah, no?
Hace un
gesto de
negación.
—Varias
veces estuve a punto pero
siempre, por una cosa o
por otra, terminé
no haciéndolo —pausa—. No sé. No tengo
nada más para decir.
—Cuénteme
sobre el pasajero que conversaba
con usted.
Piensa un instante.
—Era un hombre
amable.
Se ve que
no era de acá
porque dijo que
tenía ganas de reencontrarse con su
familia. No me acuerdo más.
Cuando la resistencia
es muy fuerte ocurre
que borra el recuerdo de
lo soñado; otras veces, como
en este caso, reprime la
asociación.
Analizar un sueño
es un
trabajo que requiere
paciencia. De
modo que sigo
adelante incentivándolo a hablar.
—¿Y el otro
hombre? El empleado con el que usted se ríe.
—No sé. ¿Qué
es lo que
quiere que le cuente?
—Cualquier cosa.
Un
detalle, lo que se le ocurra.
Se queda pensando
un rato.
—Parecía agradable
pero,
sin embargo, nos
cagaba a todos.
—¿Por qué?
—¿Cómo por qué?
Porque no nos
avisaba, los vuelos se seguían
yendo y nosotros nos quedábamos esperando
como boludos.
Lo miro y
acoto con voz
calma:
—Como Analía.
Me mira como
preguntando de quién
estoy hablando.
—Su anterior psicóloga. Usted dijo
que nunca le avisó que no iba a ir más. Supongo que se debe de haber quedado
esperándolo como una
boluda, ¿no?
Horacio enmudece y su
sonrisa comienza a
desaparecer de a poco.
—O como
Lucrecia —
continúo—. Sospecho que también ella
se quedó esperando en vano
en el Registro Civil, e imagino que los invitados
deben de haber estado
tan furiosos con
usted como los pasajeros
de su sueño.
Me mira.
—¿Qué quiere decir?
¿Que yo soy ese empleado?
—No lo
sé. ¿Usted qué
cree?
Duda.
—Puede ser.
—Y si así fuera, ¿quiénes
son los pasajeros
que se
quejan?
Silencio.
—Horacio, usted me
dijo
que ellos tenían derecho a ser avisados porque
habían sacado sus pasajes.
Dígame,
¿quiénes tendrían
derecho a
increparlo a usted
porque se
fue sin avisarles?
—Bueno,
usted lo dijo.
Analía, Lucrecia¼
—¿La facultad, Malena?
Horacio acababa de
decir
que no recordaba
por qué había terminado aquella relación, pero baja
la cabeza y asiente, con lo
cual queda claro que también
en esa
ocasión él
debe de haberse
ido sin decir nada.
—Incluso, yo
mismo,
¿no?
—No entiendo —me dice confundido.
—Si yo no
lo hubiera llamado después de esa
sesión a la que usted faltó sin avisar, también me
habría quedado
esperándolo como
un boludo, ¿no le parece?
Ahora ya
no quedan
rastros de su
sonrisa inicial. Está claramente angustiado. Pero debo
continuar.
—¿Por qué hace
eso, Horacio? ¿Por qué
deja esperando
en vano a
la gente que se ha ganado el
derecho a
acompañarlo en la vida?
Piensa. Duda. Aparecen algunas lágrimas.
—No lo sé.
A lo mejor,
porque como
el empleado de
mi sueño, parezco
un buen tipo pero soy un hijo de puta.
Baja la mirada.
—¿Le parece? ¿Quién
sabe? Tal vez
no sea tan
así. Digo, porque en
el sueño usted era uno más de los que se perdían
el vuelo. Y
en la vida, también —pausa—.
Se ha quedado sin
título, sin familia, como dijo
recién:
varias veces
estuvo a punto
de subirse al
avión, pero por un motivo
u otro, nunca
lo
hizo, ¿por qué?
Está confundido,
quebrado y aquellas
lágrimas iniciales se han
convertido ahora en llanto.
—No lo sé,
Gabriel. Le juro que no lo sé.
El sueño. No
tengo que
olvidar que estamos
trabajando un
sueño que, por
lo que veo,
dice mucho más de lo
que parecía. Cuando
se llega a una
instancia como esta, puede surgir la tentación de contener a un
paciente que se ha desmoronado.
Pero, en este caso, siento
que hay mucho por extraer
todavía. Por eso continúo
a pesar de su estado
emocional.
—El empleado dijo que el
avión «no
estaba en
condiciones». ¿El avión
es usted,
Horacio? ¿Usted cree que no está en
condiciones de «embarcarse»
con alguien en
un proyecto de vida?
Me mira como
pidiéndome que me
detenga. Lo que empezó
como un sueño gracioso
se le ha transformado en
un hecho revelador
y angustiante. Lo
sé. Quisiera
continuar. Pero,
verdaderamente, ya no
puede más.
—Seguimos la próxima.
Horacio se pone
de pie.
Caminamos hacia la
puerta. Le doy la
mano para despedirlo y percibo un gesto en su rostro.
El inconsciente es
también repetición. Y
tengo claro el modo
en el que
Horacio repite.
Por eso hago
una última
intervención.
—Horacio,
sepa que si decide no
venir, esta vez no
voy a llamarlo.
Este es su viaje. Y
tiene el derecho
de subirse o seguir esperando en vano.
La semana siguiente
Horacio vino a sesión.
—El otro
día me quedé
mal después de
lo que hablamos, y siento
que usted tenía razón.
—¿A qué se refiere?
—A que yo
siempre me
fui de los
lugares y de las
personas que podían hacerme bien. Es
como si sintiera
que no tengo derecho a ser feliz.
—¿Y por
qué podría
sentir eso?
—Me encantaría
responder a esa
pregunta, pero no puedo.
El analista no
es sólo alguien que escucha.
Es, por sobre todas las cosas, alguien que todo
el tiempo teje hipótesis acerca
de los
motivos posibles del
sufrimiento de sus
pacientes.
Cuando alguien
habla en mi
consultorio, voy generando ideas,
preguntas, incluso respuestas
que den cuenta
de por qué
ese sujeto padece
de ese modo
particular y único. Y en algunas
ocasiones hay que contrastar esas
hipótesis y ponerlas
a consideración del
paciente. Eso fue
lo que hice con Horacio.
—Tal vez usted
se sienta
culpable de
que su vida
siempre haya tenido un costo
tan alto para los demás, ¿no?
—¿Podría ser más claro?
—Sí. A su
mamá, por
ejemplo, su nacimiento
le costó la vida.
Su tía y su abuela, sólo se
dedicaron a
cuidarlo. Y su padre¼
—¿Qué pasa con mi
papá?
—Bueno,
usted dijo que
prefirió no
rehacer su vida y
quedarse solo para
que nadie
pudiera separarlos.
Demasiado peso sobre
sus hombros, ¿no le
parece? Y demasiada culpa.
Hago una pausa
para que pueda procesar lo que le estoy diciendo antes de
continuar.
—Usted
acaba de decir que siempre
se fue de los
lugares que podían
hacerle
bien, pero
eso no es
cierto.
Usted no se
va, Horacio. Usted se escapa
porque tiene miedo de dañar
a los que ama. Pero
¿quién le dice?
A lo mejor, huyendo
los daña aún más.
Me mira como
pidiéndome que lo
ayude a decir algo.
—¿En qué se
quedó
pensando?
—En que
en otra sesión
usted me
preguntó desde cuándo
había empezado a beber.
—¿Y?
—Que yo empecé a tomar
cuando murió mi
abuela — pausa—. No lo
podía creer. Sé que voy
a decir una estupidez, pero
yo pensaba que no se iba a morir nunca.
Horacio me está
indicando la
situación inicial
de este síntoma.
Y es algo muy importante
saber cuándo esa manera
patológica de defenderse
contra la angustia hizo su aparición por primera vez. Porque
marca cómo y ante qué circunstancias
volverá a
hacerlo. En este caso, evidentemente, él recurría al
alcohol frente pérdidas
que no podía
procesar. Pero
era necesario
que pudiera decirlo
y, sobre todo, escucharse.
—¿Y cuáles fueron
las otras
ocasiones en las
que se
emborrachó de esa manera?
Piensa.
—Distintas. Cuando dejé
la facultad, cuando
abandoné mi análisis con
Analía, cuando no fui al Civil.
—Bueno —lo interrumpí
—, no tan
distintas, entonces.
Me mira
extrañado.
—Horacio, en todas
esas
ocasiones hay algo en común: la muerte.
—No lo entiendo.
—Sí. La primera
vez fue
la muerte de su abuela; luego, la muerte
de su proyecto profesional. Más
tarde la muerte de su
espacio analítico, después de
su sueño
de tener
una familia —pausa
—. ¿Y esta
vez, Horacio? ¿Cuál fue la
muerte que lo
llevó a tomar?
Mi pregunta lo angustia y empieza a lagrimear a medida que el
recuerdo se abre
paso en su mente.
—Le dije que
ese día me encontré en
la calle con
Malena, ¿lo
recuerda?
Asiento.
—Bueno, ella me
dijo que
se había cruzado con mi papá
el día anterior y¼
—¿Y qué, Horacio?
Le cuesta hablar.
—Y que lo
había visto
muy cansado.
Se quiebra y
yo hago un respetuoso
silencio.
—En ese momento
no le di importancia, pero
cuando llegué a su
casa lo miré
y vi
que Malena tenía
razón —me
mira acongojado—. Mi
papá está viejo, Gabriel —pausa—. Mi papá también
se me va a morir.
Dejo que se
desahogue unos
segundos. Sé que mi
intervención
le va a
doler. Pero es la que debo hacer.
—O sea que
su padre es ese hombre
que hablaba con usted
en su sueño;
el que le
decía que
ya era la
hora. El
que quería ir a reunirse con su familia en
otro lado —le hablo en
tono comprensivo —: ¿Sabe qué?,
tiene razón, Horacio. También su
papá se va a morir y usted no lo va a poder evitar.
¿Recuerda que me dijo que
su padre había rehusado hacer
su vida para
que nadie los separara?
—Sí.
—Bueno, creo
que usted
hizo lo mismo. Renunció a su profesión, a
sus proyectos de pareja, incluso
a su análisis para que
nada se interpusiera entre ustedes.
Pero tal vez se
equivocó.
—¿Qué quiere decir
con
eso?
—Que a lo
mejor no era la vida
la que los
iba a separar, sino la muerte.
Deja escapar
un quejido
desgarrado.
—Pero yo ya
perdí a mi mamá, a
mi abuela, ¿y
ahora mi viejo? —se
enoja—. ¿Por qué siempre lo mismo? No es justo, Gabriel.
Asiento.
—Horacio, la vida
no
siempre es justa.
Pero se equivoca, porque no
es lo mismo. Usted
vivió esas
muertes como
si lo fueran,
que no es
igual. ¿Recuerda que me dijo
que su madre había
muerto sin siquiera haberle podido
dar un
abrazo?
—Sí.
—Pues bien, según lo que
me dijo, su
abuela le dio muchos; y
con su padre, aunque ya
esté viejo, tal
vez le queden cosas
para
compartir todavía,
¿no le
parece?
Se queda pensando
en lo que le
acabo de decir.
Estoy tratando de
romper una cadena
de sucesos que ha
enlazado como
si fueran eslabones
similares. Intento introducir
la diferencia para que pueda
correrse de ese lugar en
el que cada
pérdida es igual
y, sobre todo,
en
donde siempre
Horacio es el
culpable de que ocurra.
Nos quedamos en
silencio. Minutos después doy por
terminada la sesión. Camina cabizbajo
hasta la puerta, pero antes de salir me mira suplicante.
—Ayúdeme.
¿Qué debo
hacer?
No debo responder
a esa pregunta. Es él
quien tiene
que encontrar
el modo de
salir de este laberinto; yo sólo puedo
acompañarlo en el recorrido. Sin
embargo, ha sido
profundo y generoso
en su entrega
con el análisis
y considero que merece
algunas palabras que
mitiguen, al menos
un poco, tanta angustia.
—Bueno,
hasta ahora lo ha atormentado
el tema de la
muerte de
los otros. A lo
mejor podría intentar
pensar en su propia
vida, ¿no le
parece?
No
responde. Apenas si esboza una sonrisa
y sale a la calle.
Durante toda la
semana me encontré pensando
en Horacio.
Muchos suponen
que los
analistas debemos
analizarnos para descargar
el peso que los
pacientes dejan sobre nuestros hombros. Pero no es
así. Nos analizamos para intentar
hacer algo con nuestro propio
sufrimiento. De la
angustia de los
pacientes nos defiende
nuestra propia angustia,
que se impone y
nos obliga a hacer algo con
ella.
Sin embargo,
en esta
ocasión, había quedado
muy movilizado
por lo que Horacio trajo
a sesión. Las pérdidas, la
muerte, el padre. Todos temas
que me
resultaban demasiado
cercanos como
para no sentirme conmovido.
Sé que la
distancia es necesaria y que de nada sirve esa empatía
que me hubiera
llevado a
abrazarlo y llorar
junto a él. Por el contrario, si en algún
lugar podía ayudarlo, era desde
la comprensión
profunda de su situación y
la convicción de que era
su dolor y
no el mío el que
contaba en este análisis.
A la semana
siguiente, cuando se hizo
la hora en la que debía venir
y no llegaba,
me preocupé.
Sabía que la
sesión anterior había
sido muy dura, pero
reveladora. Horacio no venía
y esta vez no iba a llamarlo.
Él y sólo él debía
defender este espacio. Por suerte
el timbre del teléfono me
sacó de mis cavilaciones.
—Hola.
—Hola, Gabriel. Soy
yo,
Horacio. Le pido
mil
disculpas, pero
se me
complicó algo en
el trabajo. ¿Podría recuperar la
sesión mañana? No quiero
dejar de ir.
Sentí
alivio al escucharlo y sonreí
sabiendo que Horacio quería cambiar
y se
estaba dando una
oportunidad.
—Claro. Por supuesto que puede —le
dije y acordamos
un
horario para el día
siguiente.
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