HABITANTE
DEL HORROR
(La historia de
Alejandro)
Todo el que quiere
nacer debe antes destruir
un mundo.
HERMANN HESSE
Recuerdo aquella
mañana de
un modo preciso.
Comencé a atender desde muy temprano, de modo
que a las
11.30 ya había recibido a
cinco pacientes, y el
día no iba a cambiar. Un viaje
editorial me ausentó toda la semana de Buenos Aires y
debía recuperar
algunas sesiones perdidas. A pocos minutos de terminar una
de ellas, el
teléfono empezó
a sonar de
manera insistente.
No suelo atender
cuando estoy
trabajando, pero la persistencia era
tanta que me disculpé con mi
paciente y le pedí
autorización para subir el volumen
del contestador y averiguar quién
llamaba de ese modo.
La voz que
escuché me
puso en alerta de inmediato.
—Licenciado Rolón,
por
favor, si está
ahí atiéndame. Necesito hablar con usted.
Mi primera intención
fue volver a bajar
el volumen y continuar con
la sesión, pero algo en esa voz me
convocó a seguir
escuchando un poco más. De
todos modos, no podía imaginar
lo que diría
a continuación.
—En este momento tengo
un revólver
en la mano y
estoy decidiendo si
me mato o si me doy una oportunidad.
Mi paciente se
dio vuelta en el diván para mirarme.
—¿Es una broma?
—me preguntó.
Dudé un instante
y le respondí que no.
Hay
ocasiones en las
que tengo la sensación
de que el tiempo transcurre
a una
velocidad diferente.
Como si
de golpe el
mundo ralentara y sólo mi
pensamiento siguiera funcionando
del modo habitual.
Es una experiencia
extraña, para nada mística;
simplemente que en
un instante pasan
por
mi cabeza diferentes
pensamientos, los considero, los evalúo
y determino qué hacer. No
lo he conversado
con otros
analistas, pero
supongo que a todos aquellos que debemos
decidir en pocos
segundos sobre cosas
importantes debe pasarnos algo parecido.
En esta ocasión,
la duda central se planteó
entre si debía considerar a
la persona que me llamaba
como un psicópata, un manejador, alguien que
utilizaba una
amenaza tan
grave sólo para
ser atendido con
premura, en los tiempos que
él quería y manejaba
o si, por el
contrario,
tenía que dar crédito a
ese pedido desesperado.
—Hola —del otro lado de la línea
escuché una respiración agitada—, ¿quién
habla?
Silencio.
Somos sujetos del
deseo y
la palabra, y
sé que cuando alguien
realmente decide morir corta su relación con el lenguaje. Por
eso era
fundamental hacerlo hablar.
—Dígame, ¿cuál es su
nombre?
—Alejandro —me
respondió, y después
de una breve pausa
agregó—, por favor, ayúdeme.
En ese momento
supe que
no se trataba de un psicópata, de ese
modo inexplicable en el que
los analistas sentimos aquello que
las palabras no alcanzan a
decir. Considero que eso se
da cuando el inconsciente del
paciente se anuda al del
analista. Esa conexión genera un
vínculo diferente a cualquier
otro y establece las
posibilidades de
la cura. El
nombre que damos
a ese vínculo tan particular es transferencia, y sabía
que si decidía hacer cualquier intervención bajo el
efecto de esa transferencia
debería hacerme cargo
del caso, y en esos
segundos que parecen
eternizarse tomé
la decisión.
—Alejandro,
soy el licenciado Rolón. Mucho gusto. Hoy
es un día
muy
complicado para
mí —del
otro lado de la línea me llegó un suspiro—,
pero me gustaría que viniera ya mismo al consultorio y esperara aquí. Estoy seguro de que en algún momento vamos
a encontrar un espacio para
hablar, ¿le parece? —y sin
darle tiempo a pensar le
pasé la dirección —. Pero
eso sí —agregué—, por favor,
no traiga el
revólver. Detesto las armas.
Mi paciente, nada
acostumbrado a estos avatares de la
clínica, se sentó
en el diván y me miró asombrado.
—¿Le dijiste que no
trajera el revólver?
—asentí
—. ¿Y eso qué fue?
—Una broma.
Se quedó en silencio unos
segundos.
—Ah, ¡qué gracioso!
—
ironizó—. ¿Y él qué
hizo?
Pausa.
—Creo que sonrió.
En realidad me
había
parecido percibir una sonrisa, y esa
mínima sospecha alimentaba mi expectativa. Porque si
había comprendido y participado de
una broma, eso implicaba que todavía no había roto
su relación con la
palabra. Si eso
era así, aún
podría hacer
algo para
ayudarlo o al
menos iba a intentarlo.
Alejandro llegó al
consultorio una hora
después de haber cortado
conmigo. Era un hombre
joven, de aproximadamente cincuenta años, sin embargo
su aspecto era el de
alguien mayor, ya
cansado de
vivir. Su barba
estaba descuidada, su
apariencia algo desalineada
y un gesto de
extrema tensión le contraía el rostro.
Lo hice pasar, lo traté con mucha amabilidad, incluso
le ofrecí un café
mientras esperaba,
cosa que no
suelo hacer, y volví
a mi sesión. Casi dos
horas y media después la
ausencia de una
paciente me
permitió darle el
espacio para que
pudiera hablar.
El lugar en el que atiendo es amplio y
para llegar a él hay que pasar por una especie de túnel
oscuro de concreto,
hermoso capricho del
arquitecto, que genera
la sensación de estar
entrando en otro espacio,
en otro tiempo.
A la izquierda está
el sitio
que reservo para
la atención de los pacientes,
ya se trate del sillón para
trabajar cara a cara o el
diván. En el
medio, el escritorio en el que escribo, estudio y tengo las entrevistas preliminares. A la
derecha, un piano le da
un poco de dulzura al
ambiente, a la vez
que me brinda
la posibilidad de distenderme en mis
momentos libres.
Alejandro
entró nervioso, caminó hacia la izquierda y se paró frente
a la ventana
que da a la
calle dándome la espalda. Luego giró
hacia mí, que lo esperaba de pie al lado del escritorio. Sacó de uno de los bolsillos de
su campera un paquete de cigarrillos
y extrajo uno. Después revolvió los demás
en busca del
encendedor, el cual
se le cayó
de las manos.
Estaba muy nervioso y yo, desde mi lugar, intentaba registrar
cada uno de sus movimientos.
Lo gestual, sobre
todo en las primeras entrevistas, juega un papel
fundamental y, sin embargo, es algo
que muchos
analistas desestiman.
Obviamente que lo
principal en el análisis
es la palabra,
pero ese
lenguaje no verbal,
sobre todo cuando
recién conocemos a un
paciente, brinda una información
de muchísima importancia.
En este caso, por ejemplo, me daba
cuenta de la profunda tensión
que sentía Alejandro,
del sufrimiento, incluso
corporal, que estaba experimentando, lo cual hablaba de
un altísimo nivel
de angustia. Un
grado tan alto
que ya no podía ser contenida
solamente con el
padecimiento físico. Intuí también que no iba a
ser fácil hacerlo hablar ya que, cuando el cuerpo se
hace cargo del dolor, volver
a la palabra suele demandar un
tiempo de trabajo prolongado. Pero para eso estaba y
he aprendido hace mucho que
el mayor
enemigo de
un analista es la
impaciencia.
Le agradecí que
hubiera esperado, me senté detrás del escritorio y le
señalé la silla frente a
mí. Él se
acercó sin dejar de mirar la mesa baja y la biblioteca,
como si estuviera buscando algo.
—Disculpe, ¿no
tendría un cenicero?
—preguntó al tiempo de sentarse.
—No.
Hizo un gesto
de
contrariedad.
—Entonces, acá
no se puede fumar —asentí—. Entiendo. No se preocupe, sé cumplir reglas,
fui soldado. Estuve en Malvinas.
Me quedé mirándolo mientras
procesaba lo que me había dicho. La
Guerra de Malvinas es un
tema ante el
cual
tengo una especial
sensibilidad.
Recuerdo con toda
precisión aquel 2
de abril de
1982. Trabajaba como
docente en un
colegio secundario y al
llegar esa mañana, el ambiente
estaba convulsionado.
La directora buscaba algún casete
en el que estuviera la marcha de las Malvinas. Uno
de los
profesores escribía
rápidamente un esbozo
de discurso y me
dijo que formaríamos a todos
los alumnos en el
patio. Yo, que había salido
de mi casa
sin tener noción de
lo ocurrido esa madrugada, me
sorprendí
cuando uno de mis
compañeros me
dijo:
—¿Viste?
Recuperamos las islas.
—¿De qué
islas me estás
hablando?
—De las Malvinas.
Ante mi gesto
de
confusión me explicó
lo acontecido.
Todos estaban exultantes y no
pude evitar emocionarme por la
noticia. Desde ese día hasta el final de la guerra, cada
mañana se cantó aquella marcha que aún recuerdo de
manera precisa.
Con el
paso de las
semanas, la
emoción fue transformándose
en angustia.
Los pueblos
latinoamericanos, los de la Patria Grande, casi
en su
totalidad apoyaron a
Argentina, pero percibí
muy pronto que de
nada valdrían ni este apoyo
ni el hecho
de tener la razón:
no podía ganarse esa guerra.
Cuando llegó la
rendición, la euforia
trocó en una bronca indignada
que marcó el comienzo
del final de una época trágica. Al grito de
«Se va a
acabar la dictadura militar», la
gente ganó la calle
y obligó a llamar a
elecciones. Pero lejos
del bullicio, en un silencio
vergonzoso, los
chicos de Malvinas
retornaron ignorados
por casi
todos.
Vino a mi
mente el
recuerdo de un ex
combatiente que llorando
se preguntaba
qué había hecho mal para
que lo volvieran escondido al país.
«Fui, peleé por mi patria,
pasé frío, maltrato y hambre.
¿De qué
tenía que sentirme
culpable?».
Pero el
mundo actual,
desgraciadamente,
parece
valorar solamente a
los que ganan sin darse cuenta de que hay éxitos que
avergüenzan y derrotas que enaltecen.
La voz de
Alejandro me sacó de mis cavilaciones.
—Bueno,
supongo que
tengo que hablar, ¿no?
—Al menos
eso dijo
cuando me llamó,
¿lo
recuerda? Que
quería hablar.
—En realidad —dijo luego de
una breve pausa—, lo que quería era
morirme.
Me sonreí.
—Ah, bueno, me
alegro,
entonces.
Alejandro me miró
sin comprender,
esperando una explicación.
—Claro —continué—,
cuando me llamó hace un par de horas
y me dijo
que tenía un revólver en la mano, pensé que se
quería matar. Pero ahora veo
que no. Que solamente se
quería morir. Y no es lo mismo,
¿no? —pausa —. ¿Quiere
contarme por
qué?
Él se tomó un tiempo y se movió inquieto
en la silla.
Cuando habló
su voz sonaba
muy angustiada.
—Porque no doy más. No puedo seguir.
—¿Con qué no
puede
seguir, Alejandro?
—Con esta vida.
Hace tiempo que estoy
mal, pero ahora todo empeoró.
Tengo terrores nocturnos; ni siquiera puedo dormir, y
tal vez es mejor que sea así.
—¿Por qué dice eso?
—Porque cuando duermo
tengo unos sueños
espantosos.
Hace un gesto
de negación y se
muerde los labios. Sus manos
se retuercen sobre sus piernas en una clara muestra
de ansiedad.
—¿Qué tipo de sueños?
Alejandro hizo una pausa,
como si
tuviera miedo de
poner en palabras
aquellas imágenes que lo
abrumaban cada noche.
—Veo las caras
de mis compañeros, oigo sus
voces; sus voces que me atormentan.
—¿Y qué
le dicen esas
voces?
Se resiste. Noto
la lucha que se libra en su interior.
—Me dicen: «No
hiciste
nada. Nos dejaste
acá».
Después de una
pausa levanta la cabeza y me mira a los ojos, como
si estuviera dándome explicaciones.
—Pero ¿qué podía
hacer yo? Si cuando
entré a ese infierno era
un pibe que ni
siquiera
sabía limpiarse el culo —aprieta
sus ojos con rabia—. ¿Sabe
cómo fue? Fácil. Me dieron
un fusil y
arreglate, hermano;
andá y
hacé lo que
puedas —se quiebra—. Fue tan
difícil estar ahí.
Lo miro y
siento el peso de esa angustia que
se adueña del
consultorio. Conozco la sensación. Hace
años que convivo con ella
y, sin
embargo, no puedo
acostumbrarme. Por suerte.
Alejandro
llora un dolor
presente y
antiguo a la
vez.
Le ofrezco un
vaso de agua que él acepta y bebe
de modo pausado. En un
momento, al mirarlo, tuve una
sensación rara. Podía sentir
que su angustia era real
y, sin embargo, algo no
terminaba de cerrar en
su relato. Algo que no sabía qué
era, pero tomé nota de
eso aunque, en ese momento,
aún no tenía
importancia. Lo único
importante era que
Alejandro había
hablado y llorado
su dolor y eso me hizo sospechar que su
arrebato suicida había pasado.
Luego de unos
minutos decidí dar por
terminada la entrevista. Arreglé con él para verlo
tres días después
y seguir conversando.
Algo me decía
que Alejandro era un
enigma. Un
enigma que
quería descifrar.
Al iniciar nuestro segundo encuentro, volvió a
centrarse en la guerra.
—Le juro que
no se lo deseo ni
al peor de mis
enemigos.
—¿Qué cosa?
—Aquel infierno.
Alejandro sigue
conmovido por su relato, pero de
todos modos decido cambiar
de tema.
Es sabido que
la regla fundamental del
Psicoanálisis es lo
que llamamos asociación libre, ese acuerdo que hacemos con
el paciente para
que diga lo
primero que le
venga a la
mente, sin
seleccionar, simplemente
dejando fluir sus
palabras. Sin
embargo, a pesar
de que ese relato guía
la sesión, es el analista quien dirige
la cura. Y amparado en
esa potestad que me da
mi técnica le propongo un nuevo
tema.
—Cuénteme,
¿con quién
vive?
Me mira sorprendido
por el repentino viraje.
—Con Marcela, mi mujer,
y mi hijo,
Facundo.
—¿Y cómo se
lleva con
ellos?
—Bien. Mi mujer
es maravillosa.
La conocí en el 83, y siempre
fue un apoyo para mí. Me bancó en
todo; y mire que no
fue fácil. Pero ella aprendió
a respetar mis tiempos, mi
silencio.
—¿Y su hijo?
Alejandro suspira.
—Facundo siempre
fue
un buen chico,
a pesar de su carácter fuerte.
Lo dice remarcando
la frase, y ese
énfasis denuncia que detrás de ella puede haber algo más.
—¿Le molesta eso?
—¿Qué cosa?
—El carácter fuerte de su
hijo.
Sonríe.
—No, qué
va. ¿Sabe?, la
vida es un lugar difícil, y sólo los fuertes
sobreviven.
Lo dice seguro, de manera contundente, sin
embargo noto un gesto de contrariedad.
—¿Pero? Pausa.
—Nada; sólo que
desde
hace un
tiempo nuestra relación se complicó un poco.
—¿Y tiene idea por qué?
Levanta sus
hombros.
—Creció, supongo. Y
quiere saber, me
vuelve loco con sus preguntas.
Lo miro.
—¿Está seguro de
que se
trata de eso?
—No entiendo.
—Lo que quiero
decir es
si de verdad
a usted le molestan
esas preguntas o será
que le teme
a las
respuestas.
Alejandro se pone serio y baja la
mirada. Sé que por ese camino
deberé seguir.
Al finalizar esa
sesión
acordamos empezar el
análisis. Transcurrido un mes de aquel
comienzo, el conflicto con su hijo volvió a hacerse presente.
—Facundo quiere
saber.
Todo el tiempo
me pide que le cuente
cosas de la
guerra, cosas que yo
no quiero recordar. Pero
él insiste e insiste con que
le hable de la nieve, de los
ingleses. Y yo, la verdad
es que no
sé qué decirle.
—Bueno, es de
esperar que él quiera
saber lo que
usted vivió, ¿no le parece?
—No. ¿Para qué?
Después de todo,
lo que yo pasé no
tiene nada que
ver con él.
Alejandro
nunca había hecho análisis hasta
este momento y, por
lo que veo, tampoco ha
leído sobre el tema y
desconoce la importancia que los
orígenes tienen en la
psiquis de toda persona, por
eso decido
explicárselo.
—Se
equivoca. Todo lo que a
usted le haya
pasado también forma parte
de la historia de su hijo. Alejandro, sepa que
todos existimos mucho antes de
nacer. Existimos en la
fantasía de nuestros padres, en sus deseos y por
eso mismo todo
lo que tenga que ver
con la historia de ellos
resulta fundamental
en la vida de los
hijos. Forma
parte también de su verdad.
Se muestra inquieto
y se pone de
pie. Yo permanezco sentado.
—¿Pasa algo? —le pregunto.
—No aguanto más.
Necesito un cigarrillo.
¿Puedo salir?
—Sí, claro. Vaya,
si quiere.
Alejandro se
levantó y
caminó hacia la puerta. Yo lo seguí y la abrí. Ni
bien pisó la vereda sacó un cigarrillo y lo
encendió dándole una
profunda pitada. Lo
miré y tomé una
decisión.
—Lo espero la
próxima, entonces —dije con
una
sonrisa y cerré la puerta.
Sabía que del
otro lado Alejandro
estaría sorprendido
y, probablemente,
enojado.
Muchos
tienen la idea
de que la única
intervención de un psicoanalista es el silencio, pero
no es así.
Por el contrario, podemos preguntar, interpretar,
por qué no alentar o desanimar
alguna de las
decisiones de nuestros
pacientes según lo
creamos
conveniente o no.
En esta ocasión
yo había decidido realizar un acto analítico. Di por
cerrada la sesión cuando Alejandro pidió mi
aval para salir
a fumar y le
cerré la puerta
en la cara. Supuse
que ese acto tendría consecuencias
y no me equivoqué.
Al comenzar nuestro próximo encuentro
estaba
distante.
—Hoy casi no vengo.
—¿Por qué?
—Porque el otro
día me
fui mal, enojado.
—¿Y cuál fue el motivo? Me mira furioso.
—¿Me está cargando?
Usted me echó.
En situaciones como esas, lo más importante
es no dejarse impregnar por la
emoción del
paciente y
permanecer calmo. Por
eso pongo especial énfasis en que mi tono suene
tranquilo y amable.
—Eso no es
cierto, Alejandro.
Usted dijo que quería salir.
—Sí, pero para
fumar y volver.
Está
visiblemente molesto y mi
gesto inmutable
pareciera incomodarlo
aún
más.
—Mire —me increpa—, ya sé
que aquí juego
con sus reglas, pero ¿sabe qué?, estoy harto.
—¿Harto de qué?
—Ya se lo dije —contesta
molesto—, toda mi
vida tuve que cumplir las reglas
que me imponían
los demás.
Escucho la rabia
y el
dolor con el que
lo dice. Pero
además otra
cosa.
—¿Toda su vida?
Alejandro, la guerra
duró apenas unos meses.
Dígame, ¿de qué está
hablando en
realidad?
Se pone aún
más tenso. Se mueve en
el sillón sin decir nada
y yo sé
que, cuando la palabra
calla, es porque algo en el paciente se
resiste a
develar algún
secreto. Pero es
el desafío de todo analista
acompañarlo hacia ese misterio.
—Nunca me ha
contado nada acerca de
su infancia. Dígame, ¿cómo eran
sus
padres?
Me mira entre
sorprendido e
incómodo.
—¿Qué sé yo? Normales, supongo; como
todos los
padres —pausa—.
Aunque,
para ser sincero,
casi ni los recuerdo. Murieron
en un accidente cuando yo era muy chico.
Asiento.
—¿Algo más que
pueda
decirme?
—¿Qué más?
—Lo que
sea. ¿Qué
hacían, de qué trabajaban?
Me mira y
comienza una
respuesta
obligada.
—Bueno, mi vieja
era ama de casa
y mi viejo¼ — se
interrumpe enojado—: Dígame,
¿adónde quiere llegar con todo esto? ¿Qué es
lo que quiere saber?
Nos miramos unos
segundos en silencio.
—Por lo que
veo, no son sólo las
preguntas de su
hijo las que le incomodan.
La reacción
de Alejandro
es intempestiva. Se
levanta y agarra sus cosas
como para irse. No me
muevo de mi sillón y
le hablo, tranquilo pero firme.
—Mire, yo no
sé qué reglas le impusieron
en el pasado que le
hicieron tanto mal. Pero sé cuáles funcionan en este
espacio. Y aquí,
el que decide cuándo termina la
sesión soy yo.
Alejandro, que
había empezado a
caminar hacia la puerta, se
frenó, su mirada tomó un tinte
diferente y su actitud
semejó la de un chico al que están
retando.
—Por lo visto —continúo — es
evidente que hay
cosas de las que
no quiere, o no puede hablar. Pero
me gustaría que lo
intentara —
vuelve a sentarse
y siento que
la intervención lo ha instalado en un
lugar en el
cual
podremos continuar
trabajando—. ¿Se
acuerda? Usted me dijo que desde
hace un tiempo
empezaron las pesadillas
y los temores
nocturnos.
¿Desde cuándo?
Duda.
—No lo
sé. Un año,
quizás un poco más.
—¿Y qué
pasó en ese
momento que pudiera
haberlos provocado?
Mira hacia abajo,
luego hacia los costados,
y me doy
cuenta de que está
esquivando mi mirada. Es una de las
dificultades de elegir no utilizar el
diván: lo gestual en general, y
las miradas en particular, juegan
un papel fundamental.
—No lo sé.
—¿Está seguro? —me
observa como si
fuera un chico descubierto. Está asustado y puedo
percibir que se siente incluso
amenazado por mí. De
todos modos, no pienso detenerme justo en ese momento—. Alejandro, usted aquí puede
hablar de lo que
quiera. Puede callar
o, incluso,
hasta puede mentir.
Pero, dígame,
¿hasta cuándo
piensa escaparse de
eso que
tanto lo atormenta?
Se hace un
pesado silencio que dura
unos minutos, al cabo de los cuales me pongo de
pie dando por terminada la sesión.
—Ahora sí, vaya.
Nos vemos
la próxima.
Un analista
no debe
contentarse con comprender lo
que el paciente
quiere decir. Muy por
el contrario, su oído debe tomar nota de la manera en
la que cuenta aquello de
lo que habla. Cómo construye
su relato. Y en el
discurso de Alejandro, dos palabras
se imponían:
noche y sombras.
Por eso tomé
la decisión de realizar un
nuevo acto analítico. Le cambié
el horario de una de sus sesiones y le pedí
que viniera por la
noche. El clima
del consultorio es diferente, la luz es tenue y el ámbito, algo más sombrío. Ni
bien entró, notó la diferencia.
—Está raro.
—¿Raro?
—Sí, no sé¼ está oscuro. Asiento.
—¿Le molesta?
—No, no —responde
sin
convicción.
Sostengo
unos segundos
su silencio antes de hablar.
—¿Sabe, Alejandro?,
estuve pensando en
lo que hablamos. Dígame, ¿cuándo dijo que
empezaron sus
terrores
nocturnos?
Duda.
—Ya le dije,
desde hace
un tiempo. No puedo precisar cuándo.
Sus palabras me
hacen eco.
—«Desde hace un
tiempo» —lo cité—.
Es la misma frase que
utilizó para referirse al malestar
que siente con su
hijo. ¿Cree que
puedan estar
relacionadas una
cosa con la otra?
Se hace un silencio. —Puede ser; no sé.
Nuevamente se está
resistiendo, pero otra
de las tareas de un
analista es ayudar a que
su paciente venza esas resistencias.
—Usted dijo que
su hijo le preguntaba cosas
que no quería responder. ¿Qué
cosas?
Algo molesto.
—Cosas sobre la
guerra.
Primero me pidió
que lo llevara a las
reuniones de ex combatientes, que
fuéramos a las
marchas. Después insistió en que
le contara todos
los detalles de lo
que pasé, y no me pareció necesario.
Era muy chico.
Lo siento titubear. No está
diciendo la
verdad y debo
impulsarlo a que la diga.
—A ver, yo
no soy un chico. Así
que, cuénteme. ¿Cómo es combatir
bajo la nieve, Alejandro? ¿Cómo
es estar adentro de una
trinchera?
¿Qué se siente
al matar? ¿Cómo es ver morir a
un amigo?
Hago una pausa.
Alejandro baja la mirada.
—¿Se acuerda
que me
dijo que cuando
Facundo le preguntaba, usted no
sabía qué decirle? Bueno,
por lo visto, a mí
tampoco. ¿Por qué? ¿Por qué
no tiene nada que decir acerca
de un hecho
tan importante de su vida?
De pronto, para
mi sorpresa, escucho un quejido, casi un alarido
que invade el consultorio y
Alejandro
estalla en un llanto
desconsolado y durante tres o cuatro minutos
llora con desesperación, hasta que puede hablar.
—¿Sabe por qué no
puedo decir nada
de eso? — pausa—. Porque
yo nunca estuve en Malvinas.
Silencio.
—¿Y por qué
mintió
durante todos estos años?
Está conmovido,
vulnerable, pero es
menester seguir adelante.
—Porque yo no
existo. Todo en mi
vida es una mentira.
—Eso no es
cierto. Mírese. Esta angustia
es verdadera,
¿no le parece?
— asiente—.
Alejandro, a lo mejor mintió
para tapar algunas verdades que le
resultan
demasiado dolorosas.
Usted dijo que cuando entró a ese infierno
era un chico
que ni siquiera sabía
limpiarse el
culo, ¿lo
recuerda?
—Sí.
—Dígame, ¿qué edad
tenía? Y por
sobre todo, ¿de
qué infierno hablaba,
Alejandro?
Se toma unos
segundos antes de responder.
—Gabriel, usted
me
preguntó hace unas
sesiones por mis padres,
qué hacían, de qué trabajaban
—me mira
fijo—. ¿Quiere la verdad?
Le devuelvo la mirada sin hacer
gesto alguno.
—No lo sé. No tengo ni la más puta
idea —pausa—. ¿Y
sabe por qué?
—No, ¿por qué?
—Porque no conocí a mis
padres.
Simplemente me
tiraron en un hogar cuando yo tenía un
año y nunca
más vinieron a verme. Nunca más.
Vuelve a llorar
y me doy
cuenta de que está
descargando una angustia contenida durante años.
—Es cierto —continúa—, yo nunca
estuve en Malvinas, pero le juro
que sé lo
que es el frío, el
hambre, la soledad
y el maltrato.
En momentos como estos, para poder
seguir, los pacientes necesitan sentir que el analista
es capaz de
alojar su dolor. Y
esa es, entonces, la intervención
que decido jugar.
—Lo imagino, Alejandro. Pero, dígame,
esas caras que lo atormentan
en sus sueños,
¿de quiénes son?
Suspira.
—Son las de mis
compañeros del
orfanato.
—Pero ¿por qué lo
persiguen?
Usted dijo que le
reprochaban
que los hubiera abandonado allí.
¿Quiere
hablar de eso?
—¿Sabe?, aquello
nunca fue un
lecho de rosas.
Por el contrario,
siempre fue un lugar difícil.
Pero en un
momento empeoró aún
más.
—¿Por qué? ¿Qué pasó?
—Pasó que nos mandaron
un director tremendo,
perverso, que incluso¼
Se interrumpe.
—¿Que incluso qué?
—Que incluso abusó
de
algunos de los chicos.
Pausa.
—¿Y usted fue
uno de
esos chicos?
Alejandro duda,
avergonzado, pero finalmente asiente.
—Sí, yo también.
Hasta
que una noche dije basta.
—¿Quiere contarme
qué
pasó esa noche?
—Me acuerdo de que
llovía y había un corte de luz en el pueblo,
y yo sentí
que ese era el momento justo para irme. Ya les había dicho a los
chicos que iba a
escaparme y
algunos me pidieron
que los llevara conmigo. Pero
no podía hacerme cargo de ellos. Eran muy chicos,
¿me
entiende?
—Claro. Muy
chicos.
Como su hijo, ¿no?
Silencio.
—Es verdad —prosigo—,
ellos eran muy
chicos. Y lo que dice
es cierto; no
podía
hacerse cargo de
ellos porque
usted también lo era. Pero ya no lo
es y ahora
sí hay un chico que, con
justo derecho, le está reclamando
una historia que también
le
pertenece, ¿no
cree?
Hace un gesto
de
asentimiento. Está
descorazonado.
—Ya lo sé,
pero ¿qué quiere que haga?
No puedo
contarle la
verdad.
—¿Por qué no?
—¿Y con qué cara lo voy
a mirar después?
—se cubre el rostro y llora—. Me quiero morir.
Alejandro
dice que se quiere morir.
Como cuando me llamó por
teléfono por primera vez, e intuyo que por la misma razón que
entonces. Pero ahora
es diferente
porque ya no está
solo. Tiene
su espacio, su
análisis, y desde este lugar
algo
podemos hacer para
modificar la situación,
para que esta no
sea una mera repetición de
ese sentimiento de orfandad sin
salida que lo recorre desde
siempre.
En ocasiones como estas,
en las que
el paciente devela una verdad tan dura
y está tan
frágil, hay
que cuidar
especialmente las palabras que se usan. Por
eso me tomo unos segundos antes
de intervenir.
—¿Se quiere morir? Bueno, ¿sabe qué?,
me parece bien. Creo que es hora de que se muera —me
mira desconcertado—.
De hecho, usted me dijo
que no quería seguir más
con esta vida,
¿lo
recuerda?
—Sí.
—Y bueno, no
siga. Pero
puede intentar cambiar
esta vida que ya
no soporta por otra.
—¿Otra?
—Sí. Una vida
en la que
no tenga que
esconder su pasado —pausa—. Alejandro, usted fue
una víctima y no tiene de qué avergonzarse.
Se pasa
la mano por la
cara, secando algunas
lágrimas, y habla
de modo entrecortado.
—Es que yo
quería que Facundo estuviera orgulloso de mí, que pensara
que yo era alguien.
Lo interrumpo.
—Usted es alguien. Y esa
historia tremenda es
parte de su vida. Y
va a tener
que
asumirlo y
vivir con eso,
porque esa es su verdad.
Su cara se
transfigura y vuelve a tener la expresión de ese niño
triste que no
sabe cómo
pedir ayuda.
—¿Y qué tengo
que
hacer?
Le sonrío.
—Tal vez, renunciar a ser
un ex combatiente,
un sobreviviente.
A lo mejor
llegó el momento de
dejar de
sobrevivir y hacer
el intento
de vivir, ¿no le parece?
Me mira desconcertado. —Y eso, ¿cómo se
hace? —No lo sé. Pero Facundo
y Marcela lo aman, y quieren saber
de usted. A
lo mejor podría contarles acerca de esa guerra que libró, mucho antes del 82, en
ese infierno que, según me dijo, no le
desearía
ni a su peor
enemigo.
Alejandro está
conmovido. Ha sido
una sesión muy dura,
pero es momento de darla
por terminada. Sé que
se irá
movilizado, angustiado
incluso, pero así
debe de ser. Gran parte
del análisis no transcurre en
el consultorio, sino en la
soledad de ese paciente que
tiene que decidir
qué hacer
con sus temores
y
su verdad.
Durante
muchas semanas
trabajamos sobre esto.
Alejandro tenía miedo
de lo que pudiera pensar su familia cuando
les develara su secreto. Fueron
sesiones intensas y
movilizantes, en las que habló por primera vez
en su
vida del orfanato,
de
aquellas noches encerrado, del ruido
del candado al cerrar el
salón en el que
dormía junto a otros chicos en camastros de hierro
con
colchones insuficientes.
Habló incluso de
cómo fue abusado en
más de una ocasión por
aquel director perverso.
Son muchos los
horrores
que debo
escuchar en el
consultorio, y en
más de veinte años de
profesión he sabido de historias tremendas. Pero nada,
jamás, me ha causado tanto
dolor, tanta impotencia como el
relato de un abuso.
Esa situación en la que alguien ha
quedado indefenso y asustado
frente a un otro poderoso
que decide qué hacer con su vida y, sobre
todo, con su
cuerpo.
Le costó mucho,
hasta que al final
tomó la decisión de hablar con su
familia.
—Fue difícil, pero
lo hice.
—Cuénteme.
—¿Sabe?, yo no sabía que
tenía tanta
tristeza adentro.
—¿Y cómo fue?
—Al principio
me costó,
pero una vez
que empecé no podía parar.
Mi mujer y mi hijo lloraban y me abrazaban.
No sabe cómo me
contuvieron. Hablé
más de dos horas.
Asiento.
—¿Y cómo se
sintió
después?
Por primera vez en tantos meses me
devuelve una
sonrisa.
—Aliviado.
Como si por primera vez
pudiera mirarlos sin sentir vergüenza.
Pero esto no va a ser fácil.
—¿Por qué lo dice?
—Porque me preguntaron
un montón de
cosas y me di cuenta de que ni yo mismo sé quién soy ni de
dónde vengo.
—¿Y le gustaría saberlo? Duda.
—No lo sé. Tengo
miedo.
Es natural que
lo tenga.
Es un hombre
que ha vivido torturado por
una culpa injusta y que debe aprender a darse espacio
para resolver las cosas.
—Bueno, no hay
apuro. Después de todo, tiene todo el tiempo que necesite
—sonríe
nuevamente—. ¿Qué pasa?
—Que Facundo y
Marcela me
dijeron que les
gustaría conocer el
hogar en el que estuve.
—¿Y usted? ¿Tiene ganas
de volver a ese sitio?
Menea la cabeza.
—Tampoco lo sé.
Tengo
todo tan confuso.
—Lo imagino. Pero
al menos ya no
está solo. Su familia está a su
lado y, por lo que veo, están
orgullosos de
usted.
Unas
lágrimas aparecen en sus ojos.
—Gabriel, no sé
cómo agradecerle. Estoy dolido, hecho mierda,
pero mejor. Y se lo debo a
usted.
Me levanto y le sonrío.
—No, Alejandro. A mí,
no. Se lo debe al análisis. Por eso, ¿qué
le parece si
seguimos, pero en otro sitio?
Me mira
confundido, y yo
le señalo el
diván. Él lo observa extrañado.
—¿Qué, quiere
que me
acueste ahí?
Asiento.
—Me parece un
buen
momento para empezar.
No voy a darle opción ya que esa
es una decisión
técnica del analista.
Permanezco en silencio
sin
hacer gesto
alguno. Alejandro
duda un instante,
pero luego deja el paquete
de cigarrillos sobre la mesa y se acuesta.
—Y bueno. Después
de todo —me sonríe—,
aquí las reglas las pone usted.
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